Apuntes de Paris

El País

 

“Munyo quiere decir sal en el idioma tsonga, el que habla el 10% de la población en nuestro país”, así empezó una profunda y enriquecedora charla con el expresidente y líder histórico de Mozambique Joaquin Chissano, en uno de los almuerzos del Emerging Markets Frorum, del que tuve el privilegio de participar días atrás.

 

El lugar cambia, este año fue en París. Se convocan líderes políticos, empresariales, de organismos internacionales y de instituciones académicas de todo el mundo, para presentar estudios, discutirlos e intentar avanzar en el debate sobre temas relevantes de la actualidad.

 

La preocupación por el impacto de la guerra en Ucrania en las cadenas globales de valor, en la logística, en el sistema financiero internacional y en el sistema monetario global naturalmente estuvo presente. También estuvo la preocupación por la posición que tome China y el impacto en su economía. Por ejemplo, representantes del sector automotriz alemán se mostraban muy afectados por sus ventas a China y por la desaceleración del crecimiento global. La incertidumbre fue la constante. Lo único concluyente (y polémico) al respecto fue una frase de Ángel Gurría, ex secretario general de la OCDE, presente en la discusión: “Rusia no puede vivir sin el mundo, pero el mundo puede vivir sin Rusia”.

 

La participación africana fue importante en el foro. Alassane Ouattara, actual presidente de Costa de Marfil en su discurso se centró en el gran daño que causó la pandemia y la falta de apoyo global. Y fue contundente: “El mundo occidental tiene que acercarse más a nosotros, todo el África en 3 décadas no tuvo el apoyo económico que recibió Ucrania en solo 3 meses”.

 

El acceso a los alimentos fue centro de reflexión. Según la ONU la cantidad de personas que no pueden acceder una alimentación suficiente pasó de 440 a 1.600 millones. Precios elevados e inestables de los alimentos dificultan el acceso de los consumidores y, al mismo tiempo, la dinámica de producción de los pequeños agricultores. Si hay una oportunidad para recuperar la confianza en el sistema multilateral —hoy devaluado—, esta puede ser la llave: soluciones al sistema alimenticio global. La tecnología existe, pero no se la utiliza, ya sea por problemas de acceso financiero como de adaptación interna.

 

Se planteó la necesidad de mejorar los programas de inversión público-privada: multiplicar el financiamiento, invertir en adaptación, mejorar las reglas del comercio internacional de alimentos. Se debe reconocer que el sistema necesita cambios de gran envergadura. Los países avanzados tienen que liderar este proceso y la Organización Mundial del Comercio (OMC) tienen un rol muy importante que jugar. Las ineficiencias de los pequeños agricultores conviven con las necesidades globales crecientes de seguridad alimenticia. Cuando tomó la palabra, la directora general de la OMC remarcó su compromiso personal con la seguridad alimenticia.

 

La preocupación por la desigualdad estuvo muy presente en París. Mientras las economías avanzadas crecen, la brecha de ingreso con las economías emergentes aumenta con respecto a los niveles prepandemia. Se argumentó a favor del círculo virtuoso de reducción de desigualdades: los países con menor desigualdad son los que crecen más, los que tienen mayor movilidad intergeneracional, los que tienen mayor cohesión social y menor incidencia de crimen violento, los que tiene menos problemas de salud, los que cuidan más el medio ambiente y los que tienen las mejores instituciones públicas. Las políticas de protección social son insustituibles. La UNESCO, también presente en el evento, mostró que solo con la educación no alcanza, que experiencias educativas exitosas no lograron mejorar la movilidad intergeneracional.

 

En la sesión dedicada a temas ambientales, Lord Nicholas Stern de la London School of Economics —una autoridad mundial en la materia—, sostuvo que los países avanzados deben liderar con el ejemplo y que se tienen que mover mucho más rápido. Si no se introducen mecanismos compatibles con incentivos adecuados, en los próximos años las emisiones se multiplicarán en magnitudes muy preocupantes.

 

La reforma del sistema monetario global estuvo en una mesa con los actuales presidentes del Banco Central de Japón y Francia, el ex presidente del Banco Central de Israel Jacob Frenkel y el ex titular del FMI Michel Camdessus. Todos coincidieron que lo primero es ser realista, que el statu quo no es opción, que hay que buscar un camino alternativo. El problema de fondo es el cuestionamiento de la confianza en los estados que respaldan las monedas tradicionales por el abuso de la emisión monetaria. También todos coincidieron en el riesgo del manejo de la enorme liquidez internacional y la fragmentación del sistema de pagos. Se sugirió avanzar hacia un nuevo acuerdo internacional similar al de Bretton Woods y de dotar al FMI con las potestades necesarias para jugar en las canchas en las que se está jugando el partido. También se planteó la necesidad de avanzar hacia criptomonedas transparentes, con respaldo y reguladas.

 

En un panel específico sobre América Latina, la ex presidenta de Costa Rica Laura Chinchilla enfatizó la importancia para el desarrollo de su país del proceso que transitó para ser miembro pleno de la OCDE. El avance con reformas estructurales que mejoran la productividad del país, impulsadas en este proceso, va mucho más allá de los aspectos tributarios y financieros usualmente mencionados y que nublan la visión. “La OCDE hizo más por Costa Rica que todos los organismos multilaterales de crédito que nos prestaron plata en el pasado”, concluyó así su presentación.

 

Hay algo que subyace en los apuntes que me traje de París: la importancia de tener gobiernos con personas capaces de impulsar e implementar buenas políticas. Eso mismo concluyen Acemoglu y Robinson, cuando analizaron en su célebre libro las razones del fracaso de las naciones a la largo de la historia: “los países pobres son pobres porque los que tienen el poder toman decisiones que crean pobreza”. No hay misterio.