La apertura comercial es la madre de todas las reformas y 2022, el año bisagra

El País – El foco no debería ser solo China, hay otras oportunidades para explorar para Uruguay.

El viento a favor no dura para siempre, y Uruguay tiene un horizonte 2022 con cambio de condiciones, con la posibilidad de suba del costo de financiamiento y con un barrio geopolítico de incertidumbre política y económica. Y nunca es buena la incertidumbre. Pero no todo es malo, porque también hay chance de mantener precios altos de los productos que se exportan.

Lo que importa, y es donde Ceres ha puesto el foco de atención, es que más allá de noticias buenas o malas que vienen dadas desde afuera, y sobre las que el país no tiene dominio ni injerencia, sí hay oportunidades que pueden implicar un salto en calidad, envión hacia una mejora sustancial en la economía y en lo social.

Es probable que en 2022 ocurra un aumento del costo del financiamiento —tasas de interés— y continúe el enredo político y económico en Argentina y Brasil, países que enfrentan dificultades para lograr un crecimiento sostenido. Mientras, los precios de los commodities tienen proyecciones de mantener niveles actuales, buena noticia para el desempeño del sector agroexportador.

Las proyecciones de crecimiento para Uruguay rondan el 3,0%, tanto en 2021 como en 2022 (Figura 1). La actividad tuvo un repunte a partir del segundo semestre, de la mano de la mejora sanitaria, y ahora parece tener cierta desaceleración, en línea para cumplir con el crecimiento proyectado.

El crecimiento de 2022 será impulsado por inversión privada, y eso viene con la planta de UPM2 y con el sector agropecuario, así como por una buena temporada turística, no en niveles de 2017-2018, pero mejor a la dura realidad de 2021.

Pero no es suficiente; esto dejaría a la actividad a fines de 2022 casi 7% por debajo de lo esperado si no hubiéramos tenido pandemia.

En este contexto, hay que mirar al futuro y proyectar los caminos que Uruguay tendrá que transitar para lograr un crecimiento sostenido.

La apertura comercial conduce al desarrollo y eso está probado a nivel internacional. En los últimos 25 años, dentro de aquellas economías emergentes que mejoraron su posición relativa en el Índice de Desarrollo Humano (IDH), 81% llevaron a cabo políticas de reducción de tarifas.

Pero esta política de apertura comercial no debe enfocarse solamente en China. Ese mercado representa una gran oportunidad dado que es destino del 30% de las exportaciones, con aranceles de 12% en promedio para la carne bovina (mitad de lo exportado), aunque es necesario concretar nuevos acuerdos.

Como ejemplo de esto, es posible pedir el ingreso al CPTPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica). En conjunto, los países miembros representan más del 13% del PIB mundial, y son destino del 7,2% de las exportaciones uruguayas.

A su vez, se debe explorar destinos con casi nula llegada actual y bajo arancel de ingreso, como Arabia Saudita y Emiratos Árabes: países de gran riqueza que reciben un porcentaje mínimo de las exportaciones locales. Las oportunidades son muchas, y deben ser aprovechadas.

Los datos muestran que mayor apertura se correlaciona con mayor innovación (Figura 2). Si son agrupados en tres, en función de las tarifas al comercio exterior se cumple que, a mayor apertura, más innovación, lo que genera un avance tanto en la calidad de los productos como en la sofisticación productiva, ambos imprescindibles para el desarrollo de un país.

Además de estos beneficios directos, la apertura genera mayor competencia, y eso obliga a hacer mejoras a nivel de competitividad. ¿Cómo lograrlo?

Una mejora en el capital humano es imprescindible, de la mano de impostergables cambios en el sistema educativo. Los resultados son insuficientes. Tan solo cerca del 40% de los jóvenes uruguayos termina secundaria, y tanto la excelencia como la insuficiencia están en niveles peores que el promedio de países con PIB per cápita similar (Figura 3).

El país necesita avanzar hacia una mejor calidad de los docentes (hoy menos capacitados que el promedio de la región), mayor autonomía en los centros y mayor compromiso con los resultados por parte de las autoridades, entre otras.

A su vez, la eficiencia del Estado y las empresas públicas juegan un papel clave a la hora de apuntalar la competencia de la producción local. El precio de la energía eléctrica industrial en Uruguay es 28% mayor al promedio de la región, y la energía residencial cuesta más del doble. El precio del gasoil es 22% más caro, y la nafta está 45% por encima.

La inflación persiste en niveles altos, por encima del rango meta (superior al 7% anual) 38 de los últimos 40 meses. Con un dólar estable, es importante lograr una baja sostenida de la inflación.

Estos y otros aspectos configuran un escenario que necesita ser atendido. Pero los cambios en busca de un Uruguay más competitivo deben procesarse cuidando un activo clave para el país: su paz social, diferencial en la región.

El contexto de América Latina es de inestabilidad política y social. Los ciudadanos castigaron en las urnas (en la región y en el mundo) el desempeño de las autoridades en el manejo de la situación sanitaria relacionada al COVID19. Esta inestabilidad se ve reflejada en la agresividad tanto en redes sociales como en las calles, y daña en buena parte la calidad de la democracia y la estabilidad económica de cada país.

Mientras, Uruguay logró en los últimos años conservar su estabilidad social. Dada su importancia, Ceres buscó la manera de monitorear el desempeño local en el tema, de manera permanente. A través de un modelo estadístico de machine learning, se procesaron cientos de miles de tweets, y se tomaron aquellos considerados “agresivos”. La proporción de estos se mantiene hoy en un nivel bajo, entre otros, explicado por el control sanitario de la pandemia. (Figura 4)

A su vez, el Índice de Riesgo Social procesado por la consultora francesa Euler Hermes confirma lo anterior: Uruguay se ubica en mejor posición que el promedio de países emergentes y regiones en desarrollo, solamente superado por las economías avanzadas.

Uruguay es un país caro, con reformas pendientes para volverse más competitivo. Pero en este contexto, la paz social y la estabilidad de la democracia son, muchas veces, más valoradas que lo anterior, algo que debe cuidarse entre todos.

El TLC con China es lo más importante para el 2022. Por su importancia y por poder significar el puntapié inicial para nuevos acuerdos. Hoy, la apertura comercial es la madre de todas las reformas: impone la agenda de cambios para poder competir internacionalmente, pero debe llevarse a cabo sin descuidar nuestro activo más importante.

Uruguay enfrenta un año con cambios de impacto negativo y persistencia de valores favorables, pero su suerte como país se juega en las oportunidades que sobrevuelan, y que si se aprovechan serán determinantes para un salto a un futuro mejor. Por eso, el 2022 es un año bisagra.