Las elecciones perdidas que definen el futuro de la Argentina

Por Facundo Landívar. Periodista Argentino. Ex jefe de redacción de La Nación y Clarín.

Especial para CERES Blog

A menos de un mes de las elecciones más importantes que haya vivido la Argentina en los últimos años, todavía quedan muchas dudas y una sola certeza. Y aunque parezca extraño, esa única certeza es el resultado: el kirchnerismo ya perdió las elecciones. Pero si con eso no alcanza para significar lo que está en juego en el país, hay un dato todavía más importante, y que después volveremos a repasar: el kirchnerismo perdió las elecciones aún antes de que se produjeran las internas, conocidas como PASO, y obviamente antes de la votación del próximo 14 de noviembre.

Pero volvamos atrás un poco. ¿Cuáles son las dudas? En realidad, las dudas son sobre el futuro post-electoral, y de su definición dependen tanto el oficialismo como la oposición de Juntos por el Cambio. Por eso lo explosivo del combo para las próximas semanas: hay un mix letal entre un Gobierno que cree que va a perder, mientras acelera la emisión monetaria hasta niveles insospechados para cumplir con la campaña, y un mercado volátil, que está esperando al primer día después de las elecciones para ver qué va a pasar con los activos financieros, fundamentalmente con el dólar paralelo.

Volviendo a lo estrictamente político, decíamos que el kirchnerismo perdió las elecciones antes siquiera de que se vote. ¿Las razones? Simple: para llevar adelante las reformas que necesita, de la Justicia, de las leyes financieras y hasta de la Constitución, tenía que ganar la esquiva mayoría en la Cámara de Diputados, lo que era absolutamente imposible en términos numéricos. Si ustedes recuerdan bien, las elecciones en Argentina, las benditas PASO, tendrían que haber sido en agosto, pero el Gobierno, bajo la excusa de la pandemia, logró ajustadamente convencer al arco político de correrlas un mes. No era gratuito: convencidos de que la pandemia ya iba a ser cosa del pasado, de que todo el mundo iba a estar vacunado y de que la recuperación económica que prometía el ministro Guzmán iba a ser una realidad, la administración Fernández hizo hasta lo imposible para conseguir esa prórroga. Y el problema es que la consiguió: en ese mes “extra” aparecieron las famosas fotos de los festejos presidenciales en plena pandemia, la vacunación siguió en niveles bajísimos, empezaron las dudas sobre la efectividad y los alcances de la Sputnik y, sobre todo, la esperada recuperación económica brilló por su ausencia. De hecho septiembre acaba de cerrar con un 3,5% de incremento de la inflación, en una economía con un cepo total sobre las divisas, control de precios, prohibición de despidos y tarifas de servicios públicos congeladas.

Con este panorama, el resultado de las elecciones estaba cantado: el kirchnerismo no iba a conseguir esos votos necesarios para llevar adelante las reformas. Y sin esas reformas, mayor injerencia del Estado en las variables económicas y jurídicas, el proyecto de Cristina Kirchner no tenía futuro. Ahora bien, el resultado fue hasta peor de lo esperado por el oficialismo, ya que el voto en las PASO terminó con el mito de la indestructibilidad del peronismo cuando va unido, un fantasma que en los últimos 40 años fue repetido como un karma tanto por los seguidores del general Perón como por sus adversarios. Pues no: los votos sumados del kirchnerismo, del viejo peronismo y de Sergio Massa, apenas superaron el 30 por ciento. Y no sólo eso. Además de no conseguir la mayoría que necesitaba en Diputados, ahora se enfrenta con una pesadilla que nunca estuvo en sus planes: si la oposición logra cinco bancas más en el Senado, le arrancará al kirchnerismo, y más particularmente a Cristina, el manejo de la Cámara.

Como escribió alguien en las activas redes sociales, “pasó lo que era lógico que pasase, pero que nadie creía que podía llegar a pasar”.

Con estos datos en la mano, sumado a una campaña con altibajos del oficialismo, el resultado del domingo 14 a la noche ya está escrito. Podrá recortar unos puntos, podrá no terminar de perder el Senado, podrá festejar dar vuelta algún resultado en algún lugar recóndito, pero ya está claro que el objetivo más importante no lo va a conseguir: no tendrá las mayorías que necesitaba para acelerar las reformas. Y sin eso, todo lo que viene después es absolutamente impredecible.

Claro que para bailar el minué de las elecciones hace falta más de un participante, y acá entra a tallar fuerte la oposición, fundamentalmente la de Juntos por el Cambio.

Después del fracaso del gobierno de Macri, fracaso evidenciado en que no pudo lograr la reelección, Cambiemos entró en un ciclo de internismo que, por suerte para ellos, jamás les quito el foco: volver al poder lo antes posible. Hoy, con los resultados de las PASO a la vista, la estrategia resultó adecuada, aunque no fueron pocos los que hasta el día de la votación creyeron que la principal alianza opositora se había equivocado de punta a punta, regalándole al kirchnerismo la posibilidad de volver a imponerse en las urnas.

¿Qué pasó? Simple: entre los que querían salir a romper toda relación con el kirchnerismo (los halcones, representados de alguna manera por Patricia Bullrich), y los que creían que gobernar y mirar al futuro exige conversar con todos (las palomas, representados por Horacio Rodríguez Larreta), al final se impusieron estos últimos, armando para las elecciones legislativas unas listas más proclives al pragmatismo que a la confrontación.

Larreta siempre lo tuvo claro: en su círculo más cercano repite como un mantra su frase de cabecera, “con la grieta se ganan elecciones y se pierden gobiernos”. Dicho de otra manera, elegir un enemigo para conseguir votos es fácil, lo difícil es poder manejar un país cuando el otro es el enemigo y no un adversario político. Sin embargo, el jefe de Gobierno de CABA subió la apuesta: no sólo impuso sus candidatos sino que, en una movida que fue visiblemente criticada pero que le terminó rindiendo frutos, hizo un llamativo enroque de nombres, llevando a María Eugenia Vidal, ex gobernadora bonaerense, como candidata porteña, y a su segundo, el vice alcalde porteño Diego Santilli, como primer candidato bonaerense.

Esto, que no resistía a priori la menor lógica, tenía y tiene un motivo central: por una parte, tener una candidata propia en la Ciudad, recortando el avance de Patricia Bullrich, y segundo, poner a un hombre suyo en la Provincia, pensando en lo que viene. Y lo que viene, para la oposición, no es sólo 2021 sino, fundamentalmente, la elección presidencial de 2023.

Claro que Larreta no juega solo, hay otros nombres en danza que tienen mucho para decir y que van a decirlo. El primero, Mauricio Macri. Devenido en halcón tras la ofensiva judicial del kirchnerismo, está convencido de que todavía tiene mucho para decir en el Pro y en el país, y no se cansa de mandar señales. ¿La mejor? Su libro de “memorias” de su gobierno, con un título nada sutil, Primer tiempo. Ex presidente de Boca Juniors, sabe como pocos que los partidos se definen siempre en el segundo tiempo, y no piensa dejar que lo retiren antes de que el árbitro marque el final.

Pero además de ellos dos, hay alguien más que juega, y que juega fuerte: Patricia Bullrich. Presidenta del Pro, es la figura más visible del “halconismo”. Ex ministra de Seguridad, cuenta con una altísima figura positiva entre los votantes de Juntos por el Cambio, y sueña con ponerse la banda presidencial en 2023. Por eso decidió no jugar en este turno electoral: según cuentan los que más conocen los despachos del Pro, cuando Larreta avanzó para conformar las listas, Bullrich entendió que este no era su momento, pero le dejó bien en claro al alcalde porteño que quiere ser candidata presidencial, y que va a jugar a fondo para eso.

Pero Juntos por el Cambio, hay que recordar, no es sólo el Pro. Más allá del partido de Lilita Carrió, que perdió fuerza dentro de la coalición, el otro jugador importante es el radicalismo, que consiguió improtantes triunfos en muchísimas localidades de todo el país. ¿Va a resignarse el viejo partido de Alfonsín a no ser protagonista en la próxima elección presidencial? De ninguna manera. Y, de todas sus figuras, si hay que elegir a alguien, no habría que descartar al economista Martín Lousteau, quien, aunque muchos lo ven peleando por la jefatura de la Ciudad de Buenos Aires, es hoy por hoy la figura más convocante del radicalismo si quiere pelear la candidatura presidencial de Juntos por el Cambio en 2023.

Para cerrar, no olvidarse de lo central en estas elecciones: el lunes es más importante que el domingo. ¿Qué significa esto? Que con un resultado ya cantado, la clave será la reacción del kirchnerismo, las facturas propias y cómo encaja en el interior de la coalición de Gobierno el fracaso electoral. ¿Podrá Alberto Fernández sostener al ministro de Economía, Martín Guzmán, el hombre de la negociación con el FMI, si las urnas le resultan esquivas? ¿Avanzará Cristina, como hizo tras las PASO, reclamando más renuncias y despidos? ¿Dejará que Fernández gobierne cómodamente los dos años que le restan de este mandato? ¿Habrá facturas para La Cámpora, los gobernadores, Massa? ¿Quién será el padre/madre de la derrota si finalmente terminan perdiendo hasta la mayoría propia en el Senado?

Para responder a estas preguntas sólo sirve la experiencia: tras cada derrota, Cristina Kirchner subió la apuesta, y el propio kirchnerismo siempre creyó que no era que los votantes le habían dicho que no, sino que ellos no habían entendido el mensaje o, aún más delicado, que lo que faltó fue avanzar todavía más en las reformas.

Acostumbrados a que el largo plazo es el fin de semana, los argentinos otra vez se enfrentan a una elección trascendental: aunque era impensado hace pocos meses, la casi segura derrota del oficialismo ya anticipa que, para bien o para mal, una nueva Argentina saldrá de estos comicios.