Lecciones aprendidas

CERES Editorial.

Durante un año de pandemia de coronavirus Uruguay pudo mantener un nivel de actividad envidiable para muchos de nuestros vecinos. Escuelas abiertas, sectores como la construcción, la generación de energía, el agro y el comercio funcionando a buen ritmo y cuando no, al ritmo que los protocolos sanitarios de orden lo permitieron. El país estuvo en la prensa alrededor del mundo por un manejo de la pandemia que fue ejemplar en el plano sanitario y que, sin vacunas disponibles, permitió minimizar el número de víctimas fatales de esta terrible enfermedad.

Una vez más “el ejemplo uruguayo” fue destacado. El mérito  fue de la gente de a pie, que en su enorme mayoría respetó lo que las autoridades solicitaron en base a análisis científico, el único sostén legítimo en este difícil contexto. Fue el pequeño comerciante que hizo el esfuerzo de poner una mampara para poder atender a sus clientes y exigió el uso de una mascarilla a quienes ingresaban a su local. Fueron los empresarios turísticos que, en contra de sus intereses, pidieron que no hubiera desplazamientos en semana de Turismo en 2020 para evitar contagios. Fueron los sindicatos que colaboraron para controlar protocolos y que la construcción y la industria pudieran seguir adelante. Fueron empresarios que invirtieron en equipamiento. Fueron los supermercados maximizando medidas de higiene; shoppings controlando aforos y reduciendo horarios. Fueron los trabajadores de la salud que nunca cejaron en su intento por mantener a flote el sistema. Fueron los docentes adaptándose a la “virtualidad” de las aulas. Fueron los trabajadores en general, respetando protocolos. También fueron los científicos uruguayos desarrollando test en tiempo récord. Fueron ellos y tantos otros que explican que las decisiones oficiales hayan funcionado en el plano sanitario.

Pero vino el afloje. ¿Nos confiamos demasiado? ¿La proximidad de la vacunación nos hizo creer que ya habíamos llegado a la orilla? Las explicaciones vendrán con el tiempo. Pero la realidad es ahora y muestra que más que nunca durante esta crisis mundial, los uruguayos tenemos que estar hombro con hombro para bajar la expansión del coronavirus que crece con un agravante: el ingreso de una cepa más contagiosa desde Brasil.

Brasil, ese gigante que hoy está sumido en el caos y según la Organización Mundial de la Salud pone en peligro a toda la región, es un país al que miramos demasiado poco, y en este caso, demasiado tarde. Nuestras fronteras compartidas y porosas dejaban ver que una gran amenaza a nuestro esfuerzo colectivo venía desde el país norteño. De poco servían las medidas adoptadas de este lado del límite común, si del otro lo que se notó es absoluta descoordinación.

Una vez más, con esta realidad instalada, los uruguayos deberemos obrar juntos en pos de un objetivo central: preservar la vida ante cualquier otra cosa.

Más allá de discusiones políticas sobre la pertinencia y oportunidad de las últimas medidas del Poder Ejecutivo y los gobiernos departamentales, no cabe duda de que como sociedad tenemos la capacidad necesaria de respuesta. Debemos volver a encontrarla, como en aquel marzo de 2020 que aparece hoy tan lejano. De esa capacidad depende que vuelvan las escuelas, que los trabajadores independientes vuelvan a tener ingresos acordes a su esfuerzo, que los clubes deportivos y sus trabajadores puedan volver a vivir, que los médicos, enfermeros y personal no médico de la salud puedan adelantar su tarea sin tener que tomar –como ocurrió en el resto de América Latina- la decisión más difícil e impensable para alguien con vocación de salvar vidas, cual es, decidir a quién ponerle un respirador y a quien no.

En este esfuerzo colectivo tenemos todo para ganar. No nos podemos permitir perder.